Quizá ayunar no sea abstenerse de comer, sino aprender a comer, aunque sea un asunto que no nos cuentan los chefs en los programas de mucho tirón. El origen de todas nuestras pasiones quizá sea la gula, y no lo parece a simple vista, esa especie de avidez general o ansiedad por llenarnos de todo. Porque la gula se refiere a un campo mucho más amplio que el de la comida. Alude a esa insaciable voluntad de verlo todo, oírlo todo, tocar, sentir y probarlo todo. Qué bien lo dijo recientemente Oliver Axe, el director de ?Syrat?, la película española nominada este año al Oscar al mejor film extranjero, en el programa nocturno de Broncano. Hizo un recuento de los pecados capitales, y se paró en el orgullo, que no se ve venir, porque es taimado, no como la lujuria. Y habló también de la gula, que afecta a aquello que nos da seguridad en esta vida, y nos da una pausa para no morir de inanición. El problema es que tenemos carencia de asimilación, vamos por la vida como Paul Newman en ?La leyenda del indomable?, tragando un huevo duro detrás de otro. Pero quien come deprisa, se atraganta. La palabra asimilación es imprescindible para crecer como cristianos, se refiere tanto a la recepción de los alimentos, cuanto a la comprensión de lo que hacemos. La vida de saborea, y sólo aprovecharemos todos sus matices si estamos sobrios. Es que no hemos nacido para someternos, aturdirnos o embriagarnos. El gran problema de un voraz es que no puede amar, y su hambre no tiene fondo. Porque el que ama espera, respeta, reflexiona, es lento, tiene tiempo, dosifica. A todo eso se refiere hoy el Señor en el Evangelio. A Jesús, cuando le preguntan por el ayuno de sus discípulos, se refiere directamente al amor, ?llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán?. No habla de que los discípulos empezarán a privarse de pan, sino que les dolerá la ausencia del Amigo, como a quien le duele el estómago después de diez días de ayuno. Ése será verdaderamente su ayuno. Y qué bien lo entendemos, porque eso mismo ocurre con aquel que ve morir a su mujer o a su hijo. En ese mismo instante empieza a ayunar, ya no tiene el alimento diario del que vivía. Qué expresión mas española aquella que alude a quien sufre por amor: ?se le cierra el estómago?. Me pasó en el hospital hace unos años. Celebré un matrimonio entre una chica con dos bombonas de oxígeno a la espalda, y sólo doce hora de vida por delante, y un novio descompuesto por el dolor. Para el convite, habíamos preparado mucha comida. Sin embargo los invitados, traspasados por el dolor de la pérdida inminente, no tuvieron estómago para comer una sola medianoche. Por eso Jesús no ayunaba, Jesús sabía comer, porque su alimento era hacer la voluntad del Padre, una sólida relación con Él. Por eso, nada hay más importante para un ser humano que aprender a comer bien. Voy con algunos ejemplos. Imagínate que sales de la oficina, y tus tripas tiran de ti, porque empiezan a gritarte que es la hora del pinchito, pero de repente te topas con una capilla que tiene al Señor expuesto. Como estás verdaderamente enamorado de Él, te vienen ganas de saludarlo y poner en su presencia las cosas de la mañana. No es que hagas el sacrificio de dejar de comer por mortificarte con una visita al Santísimo. Sencillamente has aprendido a comer mejor. Es decir, si tienes una comida mayor, el ayuno será fácil, el yugo será llevadero y la carga ligera. Lo mismo pasa si vas a ver a tu tío abuelo que está ingresado en el hospital y al lado hay una chocolatería. Si piensas, ?voy a hacer un sacrificio y no voy tomarme el chocolate?, has pervertido la caridad. Es la caridad la que manda, es la atracción por el tío abuelo lo que te hace vivir, el chocolate es secundario. No podemos vencer el combate de las pasiones con la simple negación, necesitamos una profunda afirmación amorosa. Y ahí empieza todo.